Regalos

Hoy se honran a los niños en Argentina, no a todos por supuesto, pero ese es otro tema. Quizás por eso mi memoria estuvo jugando conmigo todo el día y como en una danza del medio oriente, fué develándome una por una las capas que me dejaron ver mi primer día del niño (o al menos me devolvió éste que les voy a contar). Antes este día tenía un logo. Un muñequito con jopo para arriba y un corazón en el pecho con un logo circular como se usaba en los 70. O algo así. Cayó un 8 de agosto, lo recuerdo por las letras rojas que veo tan claramente como todo lo que ocurrió. Supongo que era una costumbre de domingo ir a la cama de mis viejos a la mañana porque recuerdo otras. Pero hubo algo especial ese día, porque después de jugar un rato con papá, en un momento determinado mi vieja dijo: "los regalos". La excitación única de un pendejo esperando un juguete nuevo se apoderó de mi y fué idéntica a la que sentí hoy en la cocina cuando, esperando el agua para un mate, se reveló lentamente como una foto en la batea cuál fué mi regalo.
Ahora tengo dos hijos y muchos días del niño como padre por eso puedo contarles que de este lado es más lindo, se disfruta más. Por eso Santa son los padres. La sonrisa de cualquier chico es hermosa y lo es más cuando lo querés, sea hijo, sobrino o vecino. No quiero ni imaginar de un nieto.
Yo no tuve muchos juguetes, y eso les explica algunas cosas. ¿No? He sido desproporcionado con los regalos como lo son las madres italianas con la comida cuando el hambre no las abandona después de 50 años. Un regalo es una representación, una obra que trata de expresar una idea: Amor. En un cumple, en navidad, incluso un regalo circunstancial como un alfajor. O una manta, o una botella de vino. Yo cuando monto en escena esta representación soy Fellini, con una grandilocuencia y una pompa digna de él. Con todos, porque les regalo a ustedes cada vez lo máximo que puedo. Como quizás lo hicieron mis viejos con ese tanque de guerra verde agua; de lata, a cuerda con una piedra de encendedor en el cañon, que generaba los proyectiles más reales con los que a los 6 años podés jugar.

Paso

Hace 37 años un día como hoy miré al cielo con toda la fascinación que un chico de 4 años puede tener buscando en la luna un tipo que pronunció palabras inmensas. Como ese paso que maravilló a miles de millones de personas. Hoy también es por un capricho, el día del amigo y cuando uno busca de un pantallazo los personajes que compartieron con uno la vida, queda con un sabor dulzón, como después de comerte unas ciruelas afanadas de lo de Coca. Mi primer amigo que recuerdo se llamaba Angel y perduró más por estar en unas fotos de algún cumpleaños que por la acción de la memoria. Tengo que nombrar a Giguin un amigo imaginario que venía a verme cuando estaba en el baño ya que venía en lancha y aparecía por la rejilla. Horas hablando con él me pasaba. Sé que es medio freakoso pero bue, es lo que hay. De ahí salto a un gran amigo. Al tano Marzano, Mario quien fué la persona con la que primero me cagué a piñas en mi vida y la primera que fué mi amigo de verdad. Un tipo que pese a que no nos vemos nunca, cuando nos encontramos, retomamos la charla como si nunca se hubiera interrumpido, un tipo que quiero mucho. En sexto grado apareció otro de los 3 grandes que es Marcelo "el flaco" López. Uno de los tipos que se convirtió en hermano con lo bueno y lo malo que esto implica. Tenemos un mérito grande que es que pese a compartir 30 años de amistad, sólo fuimos 2 años juntos al colegio (y en la primaria, mérito doble) y nos mantuvimos unidos pese a la distancia. Su casa de ezeiza es mi segunda casa y siempre será así. A los 15 apareció mi otro hermano que en ese momento estaba más interesado en tirarle piedras a los trenes que en Lacan y la filosofía. El golem a quien admiro profundamente que se inventó a si mismo con barro y hoy es un tipo de oro. Ejemplar que me bendice con su amistad hoy y por siempre, espero. Casi al toque conozco a otro tano increíble que hizo que hoy esté en esta profesión, quien fué socio, compañero de saber, de arte y de juventud. Pese a haberle robado a Ossie un tiempo de convivencia en el depto de Rodriguez Peña, con quien conviví "la vida" es con Mile. No todos los días uno encuentra alguien con quien no hace falta completar un chiste porque sabemos lo que el otro va a decir. Tener muchos puntos en común ayudan mucho pero no es todo. Uno puede forjar una amistad verdadera con personas que, por el contrario, no son claros estos puntos, como Pablín. Yo tengo la suerte de tener amigos que si bien no pasaron 20 años, los considero amigos de posta, no de cartón. Y son de marte como Alejo, de Liniers como Diego, vienen de la redacción como Ariel, o amigos de prisión laboral y hundimientos del país, de las realmente malas que es donde se ven los pingos, a quienes hoy les alquilo la casa como Sebas. O amigos de algo más que el golf como el otro Pablo (el húngaro como prefiero definirlo). Pero de todos mis amigos quiero rescatar hoy a dos nuevos. Bah, nuevos. Uno es mi hermano con quien espero ahora que vuelve, ser más su amigo que su hermano. El otro es mi viejo. Un tipo especial, con un cerebro y un corazón más grande que el paso que dió un tipo allá lejos en el cielo, hace 37 años un día como hoy.

Dedicado a los Cesar Lacorene, los Oscar Eichler, los Maco Gatti, los Ruben, los Lions, los negro, los amigos que estuvieron y están en mi alma como en esos momentos que tan feliz me hicieron.

Spegazzini

Cada vez que vuelvo de un viaje quedo anestesiado, me cuesta volver al ritmo del día a día. En las vacaciones que tuve estos últimos años siento que no fuí yo quien estaba de viaje. Fueron tan desproporcionadas éstas experiencias para mi, que siento que se las robé a alguien, que tenían por destinatario a otro más afortunado. De todas las ciudades que visité hay una especial y es NYC. Otro año comenté que esa ciudad era como Spegazzini y no es chiste. Lo es. Cada uno tiene un lugar no sólo de dónde viene, sino hacia donde va y ese lugar para mí es ese pueblito perdido en el sur pobre del gran Buenos Aires. Es donde me siento en casa, donde camino automáticamente y donde mi cuerpo pertenece. Es mi cargador de energía, me provee de pequeños tesoros como el caminar al pueblo para hacer las compras saltando charcos o tragando tierra, chumbando perros hasta llegar a la vía que separa a mi mundo del resto. Mi casa (que fué de mi abuelo antes y de mi hermano ahora) es donde pertenezco. Ese barrio de 14 techos y una calle es donde mi pasado me espera para cuando me baje de la bici y los deje para ir a jugar al bosque por siempre. Increíblemente siento algo parecido en New York. La misma paz y tranquilidad. No hay Cañuelas que me lleven al cole, ni talleres del tano; no está la carnicería "Los Tigres" con ese cuadro eterno de Carlitos, ni plazas donde aún veo las cosas que ya no están. No hay pinos ni eucaliptos ni castaños.
Pero existe una conexión que no tengo la capacidad de comprender. Y la siento. No soy neoyorquino pero la ciudad de Woody me pertenece de una forma extraña. No sé si es porque una es el pasado que añoro y la otra es el futuro que sueño, pero en cada paso que doy sobre ellas me hacen sentir que mi lugar transcurre entre estos universos totalmente diferentes para el resto del mundo que son en realidad uno sólo. Y es mío.

Dad

Algún día sabremos quienes fueron los que idearon esto. Los años dejan ver a veces, algo de verdad en hechos políticos o económicos. Pese al silencio. El poder usa para moldear sus actos más crueles siempre la misma plastilina. Gente inocente. Acá, en el ground zero uno puede dimensionar la inocencia detrás de los números de muertos. Y me refiero que a esa hora, sólo había perejiles adentro. Negros detrás de una mopa, manos latinas con trapos que tratan todos los días de entrar a fuerza de trabajo a un sueño donde no tienen lugar. Perejiles como los pobres bomberos y canas que se mandaron a ayudar sin dudar. Lo que me importa ahora no es eso sino otra cosa: los pibes que perdieron a sus viejos. Los chicos que ese día vieron por la tele, o en vivo que es mucho peor, cosas que ni los grandes pudimos entender. Hoy eso está en el aire. El hueco que esa gente dejó en sus familias es mucho más grande y mucho más terrible que el hueco que quedó en la tierra. Pienso en esos pibes y pienso en mis hijos. Y creo que lo más cruel y cruento es que quienes pagaron el precio por tanta locura, fueron chicos iguales a los míos. Con el futuro por delante, que de pronto se derrumbó estrepitosamente junto a sus ilusiones de la misma forma que lo hicieron las torres del World Trade Center.

Historia II

La historia de la humanidad es imperfecta. Desde su origen plagada de omisiones, falacias, mentiras de toda clase y lo peor es que es incompleta. Pero yo hablo de otra historia. Hablo de la historia del arte. Y también de esta que escribo, que de no existir una foto, pensaría que es un sueño. Todo comienza con un libro de Arte que compró mi mamá en cuotas, en la escuela donde trabajaba. Tapa verde inglés, fotos en blanco y negro, de un tamaño que le faltaba el respeto a las obras por lo pequeño. Ahí de muy chico gracias a Ernst Gombrich descubrí los grandes maestros, la pintura y la escultura clásica. En la facultad nació un amor por el arte del siglo XX que arde cada día con más fuerza. Como cupido que usaba tizas en vez de flechas, fue Carlos Méndez Mosquera el que me infectó. Pionero de la publicidad, personaje total. Hacía innecesarias las alarmas, eran sus teóricas algo imperdible. Sus palabras no se limitaban a lo académico. El arte en el período entre guerras, es algo que nosotros jamás podremos imaginar. Sus miles de anécdotas, que conocía de primera mano, eran piezas de un rompecabezas que nos reconstruían un mundo donde todo estaba por pudrirse pero parecía que a nadie le importaba. Como ahora. Y hablando de los 20’s. De sus clases pasaron más 20 años. El recuerdo de Carlos con su guante de cuero y sus tizas gigantes rectangulares, me acompañaron cuando empecé el peregrinar por mis templos, como la Tate, La National Gallery, el Louvre, el Pompidou, u hoy una tarde de 2006, el MOMA. Camino solo, en silencio por salas donde la Bauhaus y el arte revolucionario ruso me transportan a tiempos y lugares en los que me hubiera gustado vivir (como Gil Pender a quién aún no conocía) Esa recorrida de ensueño adquiere un giro inesperado cuando minutos antes del cierre, escucho delante mío una explicación con una voz inconfundible, de cómo se pronunciaba Lászlo Moholy Naghy. Me sentí en el aula, pensé que se había abierto en algún cuadro surrealista una ventana a un aula en la UBA. Pero no, estaba en la catedral del arte en Manhattan, como un cazador escondido dije que me recordaba a Méndez Mosquera. La cara de su mujer se pintó de asombro y luego de lágrimas, como la mía. Era Carlos. Mi alegría debe haber sido lo suficientemente explícita como para recompensarlo de alguna manera por todo lo que me regaló desde el pizarrón. Tan es así que al tiempo nos encontramos a almorzar. Lo que pasó ahí me lo reservo pero sé que se llenó de orgullo, ese tan particular que sienten a veces los maestros. Lo que me encanta de ese momento en el Moma, lo maravilloso, lo que le robaría un guiño cómplice a Borges, es que estábamos parados ante un cuadro de Paul Klee que se llama "El profesor"

Negro

Quizás la carambola impredecible del destino es un grilla perfecta donde nada es casualidad. Quizás todo lo sea. Por esta bola que te empuja a chocar otra y otra más, terminé en una fiesta de Hip Hop llena de negros con Dj estelares pegándole a los decks con un talento que prácticamente nadie comprende. Para un argento, ver un negro es como ver un marciano. Nosotros teníamos a Rey Charol y al del comercial de chocolate Aguila. Por más chocolate que comamos, seguimos blancos, o marrón o negro villa, pero ese no es negro, es otra cosa. Imagínense un tipo que pasó su vida escuchando del Jazz al Rap pasando por todos los tonos intermedios, estar en medio de una privada con estos gorilas. Monos que vienen en limo, transporte de gatos, que pese a ser negros, no traen mala suerte salvo para tu físico si te agarran en una cama. Curvas de chocolate que no existe el pistolete que las dibuje. Y música que no voy a encontrar en ningún lado, pero que te gusta de una como las cosas buenas. Cervezas desconocidas para esa hora con estómago vacío preludio de lo que seguiría. Acá yo tengo una guía Venezolana que es la que pega con el taco a estas bolas blancas que me llevan de un lado a otro y con ella y su amigo (quien organizó la fiesta negra sin nadie en bolas) siguió la noche, siguió la cerveza y siguió la música, pero de otro color.

Si les digo un bar country, seguro lo asociarán a lo más recalcitrantemente americano, lo que nadie puede tragar sin hacer arcadas. Cuando entramos a este tugurio más oscuro que el color de los Dj de hacía un rato, lo primero que ví fue a una rubia vaquera de pantalón rojo brillante, arriba de la barra, haciendo Hula Hula pero en vez de hacerlo con la cintura, lo hacía con el culo. Todo el white trash, los soldados que matan chicos en Irak, Bush, el petróleo, Allende asesinado por la CIA, el discurso de Fidel en Económicas, se fueron en un cohete a la mierda y lo único que quería era comprarme una Harley, ponerme un pañuelo en la cabeza, usar camperas con águilas y raptarme esa loca para llevarla a Texas. Pueden imaginar lo que me esperaría. La rubia no era la única niña detrás de un estaño de madera que servía de base para un taconeo espectacular. A mí me pierden las rubias y como la contradicción es mi característica principal, me perdí por una morocha con sombrero de cowboy que me sirvió tragos que no recordaré de una manera que no voy a olvidar. Para quienes me imaginan bailando como Charles Ingals, con gente aplaudiendo en una ronda, les digo que no. Pero el rock (y hasta Madonna) suenan mejor en estas cuevas. Cuanto más subía el alcohol, más cantaba. Canciones que nunca supe qué decían, aparecian claras como el cristal y las cantaba como uno más. Esa noche fué la noche de lo diverso, la mezcla, como la cena que preparé a la madrugada, uniendo el mundo en un plato que tenía salsa italiana sobre fideos japoneses.

Seguiras siendo rara

A veces uno no encuentra el punto de partida para una idea. Buscás la forma de entrarle al tema pero en momentos como ahora que se agolpan miles de sensaciones, es difícil agarrar la punta del ovillo. Hoy lo encontré. Caminaba por la 42 temprano antes de entrar al laburo, muy tranquilo con la frescura que te dan la primavera acá y el saber que tenés todo bajo control. Por el cable blanco no sólo me llegaba Charly García, sino también recuerdos de épocas doradas. El punto, el quiebre, el segundo donde todo aquirió otra dimensión fue el finale de Bancate ese defecto que se convirtió en la banda de sonido perfecta para esa películita muy íntima, pequeña y cargada de emoción. Donde la escenografía y la iluminación de un sol que entra donde puede, se juntaron para dejarme inmóvil. Sin reacción. Feliz.

Traté de encapsular este momento en tiempo real y ahora, al revivirlo vuelvo a sentir algo parecido. Mis estadías aquí están plagadas de momentos como éste, pero la magia, la verdadera, la que te hace sentir que entendés todo, son muy de vez en cuando. Como hoy cuando venía caminando distraído por la 42.

El ultimo dia de mi vida

Es tarde y estoy pegado a la almohada sin poder hacer nada, fue una noche pesada. Vueltas y vueltas en la cama. Afuera hace calor, puedo sentirlo y no va a haber ducha esta mañana, no hay tiempo para eso. Pasaron casi tres horas y no me di cuenta. Estoy todo pegote, el viento me atraviesa indiferente mientras se cuela por una ventanilla abierta. Otro día, uno más, otra vez a la oficina, trabajo, rutina, los nervios y su sudor. Salgo al mediodía. El sol me encegece en la plaza, el cielo está más azul que nunca y una sola nube juega en él; no vería otra jamás. Llega la tarde sin prisa, como siempre. Se abre la puerta del ascensor, es ella. Un breve diálogo, una caricia insegura.
Noche. Otra vez en casa. El agua de la ducha me ahoga y me golpea rítmicamente gota tras gota en un mensaje morse que no puedo descifrar. La toalla va por lo suyo. Me seca. La luz rebota en el espejo y no percibo el final. Me sorprende como sólo sabe hacerlo la muerte. Como un capricho quedo enredado entre sus dientes. Mientras se diluye mi vida pasan los recuerdos a través mío como un escalofrío. Perfumes, el suave contacto de tus dedos, los latidos. El viaje final comienza, me sostengo entre los brazos de un peine. Sólo resta esperar caer en la pileta, una canilla que se abre y el oscuro recorrido por una cañería que no sé dónde termina.


PD: es la historia de un pelo y lo aclaro de tonto nomás.

Beso

Besar es una de las cosas incomparables. Para mi siempre fué especial. Más que el sexo, de hecho, podemos comprar sexo pero no un beso. Las putas no besan. Un motivo puede ser que el beso es la representación del amor más pura. Besamos a nuestros hijos, a nuestros viejos, a los amigos. Yo recuerdo cada detalle de mi primer beso, arriba de un cañuelas yendo al colegio en el asiento del fondo. Con más nervios que ganas y eso que estaba que me moría. Sentir el calor de ella, con el sol y el viento entrando de la mano por la ventanilla. Me encanta besar y siempre me encantó. Tiene la imponencia de la conquista. Es el gol. (por algo jugaré de 9 al fútbol) No importa que pierdas, no importa que jugaste mal, es ese segundo que sentís que sos invencible. Hay besos que dan ganas de gritar, de salir a la calle a despertar a todos, de llorar de felicidad. Otros se pierden por la adrenalina o la sorpresa que los opaca. Lo peor que te puede pasar es que te sorprenda, que pase como un relámpago dejándote sin reacción. Es hermoso besar con éxtasis porque uno tiene la boca llena de amor universal, anónimo, en ese instante una mujer son todas. Porque el amor es uno solo, pero lo olvidamos. Como vos sos la humanidad entera encerrada en una persona.

El más increíble de todos los besos que dí en mi vida fué en una escalera que me ayudó a alcanzar lo inalcanzable. Había sido el novio de su hermana durante un tiempo pero el día que la conocí quedé absolutamente desarmado. No recuerdo cómo empezamos a salir ni si éste beso fué el primero, pero sé que no fué uno más. Iba a su casa clandestinamente porque ya no iba por su hermana. Teníamos que ir a lo de una amiga. Era en Barrio Norte, o eso creo, ya da lo mismo y en un momento me encuentro con su cuerpo en mis brazos, mirando sus ojos increíbles, sus labios de carnaval. Fabiana era como Brasil, era sol, belleza y alegría. Fue mucho más que un beso, tocando su pelo, ese momento inconmensurable, fué probar el paraíso. Daría cualquier cosa por estar ahí, unos escalones más arriba de lo acostumbrado, acariciando la inmortalidad. Porque sé que somos insignificantes para el universo, pero por un segundo, en ese instante yo fui infinito.

Fabiana

En un café de la calle Corrientes, lloramos un día que le di una carta que sin saberlo fué mi primer envío de Marketing Directo (que es lo que hago hoy profesionalmente); le escribí una carta llena de amor sobre acetato transparente, porque era como escribir en el agua, inútiles palabras que se llevarían la corriente y la imposibilidad de que nuestro amor, perdure.
Es extraño pero cuando mi mamá se moría, Fabiana tuvo su primer hijo en el mismo lugar y lo sé porque mi hermana se cruzó con la suya en la clínica. Nunca nos vimos. Es increíble cómo los hilos del destino se mueven invisibles, irónicos, misteriosos y algunas veces, crueles.

Acero

No había internet, ni televisión. El mundo estaba prácticamente por descubrirse. Las fotos eran rarezas en blanco y negro y pocos eran quienes accedían a ellas, generalmente personas y familias acaudaladas, perpetuados en un cristal bañado en sales de plata. No era como hoy. Las ciudades no nos ocultan más sus secretos. La tecnología posibilita conocer lugares sin jamás haberlos pisado. La televisión nos alcanza no sólo la imagen, sino el alma de las grandes urbes. Hoy sabemos con qué nos encontraremos a la vuelta de una esquina aunque sea nuestra primera visita. Antes no era así. Y yo no tenía idea de cómo era otro lugar que no sea Kalisz.

Me llamo Adam Jankoswky y nací en 1895. Hoy llegué a Buenos Aires tratando de dejar atrás el hambre y la miseria de mi Polonia natal. Todo lo que recuerdo está en el mismo lugar de lo que quiero olvidar. Tengo 17 años. El mar interminable sólo alimentó mi ansiedad por descubrir lo desconocido y cuando bajé del barco, sólo contaba con mi habilidad con el martillo. Crecí bajo el rugir del acero, entre carbón y fuego. Como un émulo de Hefesto, siento que puedo forjar mi destino como lo hago con el hierro. Mi voluntad es la fuerza para moldear golpe tras golpe el futuro y la necesidad, las llamas de una fragua que arden cada vez con más intensidad. Estoy ante un idioma, un país y quizás, un universo desconocido.
En el hotel de los inmigrantes intenté encontrar un rostro, una palabra que me hagan sentir en mi hogar, pero al cabo de unas horas comprendí que estaba solo. Una soledad absoluta y salí a caminar con la esperanza como única compañía. El sol de otoño se asomaba entre las ramas despobladas bañándolo todo con su naranja calidez. Las calles me enceguecían con su reflejo y me abrigaba la sensación que sólo poseemos quienes no tenemos nada que perder. Cada paso que daba me hacía sentir mejor. Era una extraña tranquilidad que no se correspondía con mi presente pero no intenté explicármelo. Caminé durante horas sin rumbo, sin saber adónde estaba, ni a dónde iba. Los carteles eran tan indescifrables como los diálogos de las sombras que pasaban a mi lado. El aislamiento en el que me encontraba se interrumpió con el poder de un rayo cuando escuché una voz inconfundible. La voz del acero. El rítmico aullar del metal y los martillos. Lo único que pude hacer es correr, corrí desesperadamente hasta llegar al golpe seco que te da en la cara la fragua. Así conseguí un trabajo sin entender lo que me decían, hablando sin palabras. Pasó el tiempo y los martillos y el acero me acompañaron en mi largo viaje a la integración, un destino casi inalcanzable. Conocí a mi mujer y tuve dos hijos, nací con ellos nuevamente en la tierra de las oportunidades, en el crisol de almas que es este país, un país que desapareció desvaneciéndose al calor de la intolerancia, el desamor por la tierra y la entrega, como se consume el carbón abrazado por el viento intenso de los fuelles.

Azul

Atrás quedaron los muros azules llenos de pasión, de arte, de dolor; atrás quedaron el sufrimiento y el amor. Atrás quedó casi todo salvo ese impacto conmovedor que rebalsó mi alma, que perdura en lo más profundo de mí. Como perdurarán el color y el valor de la gran Frida Kahlo.

Coyoacán, México

Verdes

En francia ví verdes como los que nunca soñé. Los hay suaves, dulces, intensos, verdes fuertes y con carácter. Un color que te permite descubrir cuánto se encierra en un paisaje. Sutilezas y variaciones que te desbordan los ojos. En francia los verdes se sienten a pleno, como si ése fuese su lugar natural. Francia es donde el verde, existe.

Forget Paris

Podría ser un hipócrita, podría hacer de cuenta que me olvidé de vos o podría contarte una anécdota que me pasó hoy, el día del tipo que hizo que mi hermano se llame Patricio y eso es lo que haré.

Me desperté un poco tarde para la hora que me vengo despertando pero hoy necesitaba ir a un lugar tipo 9 así que hice fiaca en la cama. Puse la tele y la ausencia de felicidad en TN, MTV y cuanto canal de música tengo, me hizo caer en HBO y en una peli en particular que me hizo tropezar el zapping.
La escena era en un restaurante. Muy Woody por el díalogo, pero no era opción porque la hubiera visto, de pronto aparece Billy Cristal muy loser y me quedé a verla. Ví el final. Me quedé hasta el último título a ver si enganchaba algo que me facilite la búsqueda en IMDB y por suerte apareció al final, después de los loguitos de Dolby, el título. Era Forget Paris.
Dije, nice, la alquilo y la copio. Como la tele tiene 2 HBO desplazados 2 horas, cuando volví de bañarme (y MTV seguía sin pasar nada) volví a pasar por las pelis y estaba Billy Cristal caminando por París y eso me llevó a recordar el lugar más maravilloso del mundo. Dije, salgo más tarde pero veo un toque más de Paris. Y por las cosas que contaba la peli, me puse a pensar qué es el amor, cómo se producen los desencuentros y lo positivo o no que resultan éstos (nunca podemos saberlo) y caíste en mi cabeza como un piedrazo que rompe una ventana. Caí en la cuenta que fuiste la última mujer de quién me enamoré y que hoy era tu cumple. Me pareció lógico no esconderme en el olvido y quise contarte (ya que de vez en cuando nuestro laburo hace que nos veamos las jetas) que te recuerdo con un sabor bitter-sweet que como la salsa de mismo nombre de KFC, me gusta. Quizás sea porque al llegar a quererte de posta, y despegar el egoísmo posesivo, puedo desearte la felicidad total (no sólo hoy) sin estar ahí con vos, casi como una condición excluyente.

La chica de las zapatillas rojas

Sabía muy poco de ella, casi nada. Él iba a alquilar películas y el ritual de cargar música para las ocho cuadras que lo separaban de su casa lo animaba. Mecánicamente elegía entre la escasez, un par de horas de evasión, de fantasía. El cine era su único escape, la realidad era más tolerable gracias a la ficción. Un día un montón de letras sueltas en una credencial se transformaron en un nombre. Éstos toman significado cuando algo nos llama la atención, se ocultan anónimos hasta que se convierten en un rostro, un cuerpo, una voz, un ser. Ella era una más y pasó desapercibida quién sabe desde cuándo hasta que la cruzó en un pasillo. Volvió a mirarla y notó el contraste de su uniforme corporativo con sus zapatilas rojas, casi el mismo que existía entre ella y el resto de las personas que estaban ahí. Mariana era su nombre pero sería Mariana para los demás, para él sería de ahí en más, la chica de las zapatillas rojas.
 
Ella tenía una belleza simple, minimalista. Podía entreverse que poseía carácter, su mirada era seria y profunda. Sólo la imaginaba afuera de esa monocromía, sin barreras de cajas registradoras y golosinas. Se preguntaba si era inteligente, sensible, si compartían gustos o si lo haría reir. Quería saberlo todo. Le gustaba. No estaba enamorado pero no podía asegurarlo.
 
Ver si estaba antes de entrar era algo no compartido con nadie, un instante único. En la tierra no existía quien tuviera una lucha tan desigual e inútil con el destino. Estaba. Ello era motivo que la espera fuera un juego. Cuando faltaba, la espera se tornaba interminable aunque no hubiera nadie. En la fila todo era incertidumbre; evaluaba con astucia si le tocaba o no, calculando personas, tiempos de atención, variables que llegó a descifrar casi con exactitud. Una demora por conseguir cambio podía llevarlo ante sus ojos, ante su sonrisa. Para ella, él no era más que un código de barras. Letras en una pantalla. Todo se encerraba entre “el que sigue” y “tenés hasta el martes”. Absolutamente nada. Lo sabía. El universo entero cabía entre ellos y por momentos imaginaba estrellas arriba de la caja girando inútiles. Nunca le dijo una palabra de lo que sentía.
 
Siguieron pasando los días como pasaron los meses y los años. Ella un día dejó de trabajar allí y él se mudó. En su recuerdo su cara se fué desdibujando y sólo quedó un boceto, un trazo suelto que retocaba para no perderlo de vez en cuando. Hasta que la olvidó.
 
Él vivió más de lo que hubiera deseado y se convirtió en hombre primero y en algo peor mucho después. Fué deteriorándose lentamente como su voluntad y una mañana supo con certeza que sería la última. En ese momento tomó conciencia que había desaparecido casi todo, incluso dios. Intentó recuperarlo con una plegaria, acto que abandonó con cordura y algo de dignidad. Nunca había rezado. Preguntó si un cambio en su vida le hubiera hecho descubrir la felicidad, dado un significado. Preguntó lo mismo una y otra vez esperando algo. Sólo el silencio se hizo presente.
 
Un escalofrío le recorrió al cuerpo al ver una caja que su soledad no le permitía ignorar. Le costó abrirla y en ese instante, no supo si lo que lamentaba era haber desperdiciado una chance o peor aún, haberla tenido. Su memoria iluminó el interior de la caja de donde surgió la respuesta. Ahí estaban, únicas e inconfundibles, sus zapatillas rojas.

Dreams

Siempre soñamos, algunos más que otros. No hablo del sueño cuando apoliyás, el que Sigmund usó para decirnos todo. No. Me refiero a los sueños cuando vas en el bondi, o cuando caminás por la calle sin prestar atención. A los que soñás cuando esperás que te atiendan. O mientras ves algo aburrido en la tele. Sueños que soñamos despiertos. Es increíble cuánto soñamos. Y con qué diversos temas.
Los hay quienes sueñan con sacarse la lotería, con hacer guita, con cambiar el auto, con tener poder o una casa en Malibú. Ferraris, Yates, o con mansiones con la pileta llena de putas como tiene Hugh Hefner. Estar en la tapa de Forbes. Hay quienes sueñan con fama. Fotos, glamour, Hollywood, ser actor, ser modelo. Ser un rock star o ser más ocurrente que Woody Allen. Soñar con belleza, ser más flaco, más alto, tener un six pack o buenas tetas en el caso de las chicas, ser irresistible. Otros con el reconocimiento. Premios, Oscars, Palmas de Oro, D&AD's, Clios, Echos o Pulitzer, el que sea. El nobel. O en inventar algo revolucionario, curar el cáncer. O con terminar la injusticia, el hambre y la corrupción, cosas justas pero aburridas para andar soñando. Soñar con Argentina campeón. O soñar con amor, que es como tema de los insuperables. Quién no? Tener en brazos a Naomi Watts o a la chica del momento o a quien sea y que te quieran bien. Soñar con la felicidad o con un futuro brillante para tus hijos, que es casi lo mismo.
O soñar con estar mejor.
Sueños que son deseos, como los que juntamos en esta fecha para que se nos cumplan el año que viene.
Por eso les digo que creo que lo más lindo, incluso mejor de que se cumplan, es soñar. Soñar todo lo que podamos y cada día ser más imaginativo, más audaz, más piola en nuestros sueños. Ser brillante. No desear giladas de angurriento como tener millones de dólares. Ahí no esta la posta. Desearnos las cosas que hacen que esta vida (que es sueño) valga la pena ser vivida. Total, soñar, no cuesta nada.